Las felices desventuras del primer hogar

17 Mar
Clarin.com | Irse a vivir juntos se percibe como una puerta a lo desconocido: implica fundar cimientos y convertir la pareja en familia. La nueva vida provoca crisis que sofocan, más allá de que luego se las recuerden con risas.

Soy hijo único. Aunque no me guste reconocerlo, tiendo a no compartir nada. Por eso, cuando nos planteamos la convivencia con Mónica, la cuestión resultó compleja. Además, ella también es hija única. Los dos debíamos acostumbrarnos a resignar protagonismo en virtud de la pareja. Le teníamos miedo a un fracaso rotundo e inmediato.
El amor se lleva por delante hasta el más asentado de los miedos, incita a tomar riesgos. Determina. En mi caso, arrebata todo atisbo de inercia. Me vuelvo un tipo arriesgado. Yo, que pienso cada vez que muevo un peón, me vuelvo chispeante y conversador; gano una efervescencia que produce cambios hasta en el color de mi risa. Y me río como un descosido. Hablo más fuerte y siento que soy imbatible.
También, debo confesar, me vuelvo cursi, irremediablemente cursi: puedo escuchar –y disfrutar mucho– la música que detesto. Es raro este fenómeno. Por un lado, sobrevive la latencia de mi gusto tradicional, es decir, soy consciente de que los arreglos de los temas de José Luis Perales son horrorosos. Por otro, algo en el fondo de mi paladar cambia y empiezo a disfrutar de la música romántica. Incluso me ocupo de justificar mi emoción. Me digo que, evidentemente, el artista logró captar una forma de verdad con esa melodía dulzona, que convierte la canción en un producto de belleza bastarda, pero belleza al fin. No fueron pocas las veces que escuchando Navegando por ti, un CD de Perales que me había regalado Mónica, me puse a llorar como un chico.

Mientras me caían las lágrimas, imaginaba la condena de mis compañeros de la cátedra de Semiología en caso de enterarse de mi conducta. Es comprensible: al fin de cuentas, es imposible ponerse en los zapatos de los demás.
En 1989, en este estado de enamoramiento, me fui a vivir con Mónica. Habíamos decidido alquilar, pero alguien nos habló de unos créditos hipotecarios a quince años. ¿Por qué no meternos?

Buscamos un departamento por Palermo, presentamos los documentos en el banco y nos pusimos a esperar. El crédito salió antes de lo que habíamos supuesto. Compramos un décimo piso sobre Serrano a una cuadra de la placita Cortázar. Un lugar alucinante. Después habité muchas casas más grandes y más confortables que aquel primer departamento; sin embargo, lo importante es que nuestra relación volvió únicas esas cuatro paredes.
Estoy convencido de que las vivencias, tanto las buenas como las malas, dejan huella en los ambientes, se impregnan en los ladrillos y los modifican para siempre. Nosotros no fuimos los primeros dueños de aquel 10° “A”, aunque sí tuvimos la intensidad para modificar la casa a fuerza de vida.
La temperatura de los vínculos fue templando la atmósfera del edificio, le dio otra luz. Y cuando digo luz, no uso una imagen lírica; hablo de algo concreto. Sirva de ejemplo el resplandor negativo que se lanza sobre los hombros, como un manto de ceniza, de todo aquel que visita Capuchita, la cárcel clandestina que funcionaba en la ESMA.

En el departamento de Serrano fuimos muy felices con Mónica. A pesar del viento o quizás a propósito de él. El edificio era el único de su altura en varias manzanas a la redonda y nuestro casa, en particular, se hallaba a escasos cinco pisos de la terraza. El viento se escuchaba todo el día. Aprendimos a vivir con el quejido de sus ráfagas. Las corrientes de aire eran tan fuertes que los burletes que pusimos resultaron inútiles desde el primer momento.

Pero una noche, una sudestada nos asustó de verdad. Hacía poco que nos habíamos mudado, tres meses como mucho. Era a mediados de agosto. Afuera hacía un frío polar. En casa, el clima no era mejor pero nos abrigábamos con cuatro frazadas. Serían las once y media de la noche. Ya estábamos dormidos. Nos despertaron unos timbrazos. Urgentes, secos, a repetición. Me levanté a atender. Una voz apurada me gritó:

Baje que el edificio oscila.

¿Cómo?, pregunté sin entender.

El edificio oscila. Baje por la escalera, fue la orden.

Colgué. Cuando atravesé el comedor en dirección al cuarto, alcancé a ver la lámpara que colgaba del techo: se movía de un lado para el otro. Mónica ya estaba despierta. Le conté la noticia en dos palabras. Cuando se levantó para vestirse, los dos sentimos un mareo espantoso.

¿Habrá sido por el movimiento del edificio o por el esfuerzo que hace uno por creer en la tragedia? En la escalera nos encontramos con otros vecinos que habían recibido la misma alarma. La historia terminó a la madrugada. Un ingeniero de Catastro nos desalentó por completo: no pasaba nada. Es normal que ciertas estructuras oscilen. Corrimos a la cama a recuperar el sueño perdido.
Aquella experiencia trasnochada, desde su lateralidad, contribuyó a darle un tono, un ritmo especial, al proyecto que armábamos por aquellos años. Y tuvo que ver con el espacio y con todo lo que se construye a partir de las particularidades de ese espacio.
Pienso, por ejemplo en el balcón desde el que se veía la ciudad entera. No había edificios altos hasta Scalabrini Ortiz, con lo cual se podía contemplar la irregularidad infinita de Buenos Aires.

Alfredo, un gran amigo, nos decía que nuestro departamento era un refugio posmoderno de poesía. Y tenía mucho de eso. En esa época, nos gustaba más el vino blanco. Uno de nuestros pasatiempos del verano era quedarnos en el balcón tomando hasta que amaneciera. Era emocionante ver el sutilísimo proceso de la ciudad apagándose mientras el cielo se encendía. De verdad, emocionante.
No es decisión fácil elegir el ambiente predilecto de aquella casa. La cocina era chica pero acogedora, preparábamos unos guisos de lentejas incomparables; los cuartos amplios y muy luminosos; el baño, insólito: habíamos abierto una ventana en la medianera de modo tal que mientras nos duchábamos podíamos mirar los árboles de la placita Cortázar y una franja alargada de río. Pero, por sobre todas las cosas, en aquella casa nació Natalia, nuestra hija mayor.

A partir del embarazo de Mónica, nos dimos cuenta de que el departamento no estaba preparado para su nuevo estado. En el living, a modo de sillón, teníamos un colchón en el piso; frente a él habíamos colgado una hamaca paraguaya.

A comienzo del segundo trimestre de gestación, Mónica empezó a tener dificultades para levantarse de aquellos lugares. Una tarde, me dijo que había encontrado la solución en un negocio de artículos de camping. Compramos una reposera que tenía la altura justa. Podía sentarse y erguirse sin ayuda. Desde el punto de vista práctico, la alternativa de la reposera fue efectiva, pero además resultó ser el ingrediente que terminó de saturar nuestro ecléctico living. Un viernes, vino a cenar un amigo con su pareja, que se jactaba de su brutal sinceridad. La vi incómoda desde que entró. Le dije:

¿Te pasa algo?

No, no es nada, me esquivó.

Decime, insistí.

Bueno, mirá, la verdad es que no entiendo cómo pueden tener tan mal gusto para decorar la casa.
Es cierto. La escenografía de Serrano era híbrida y enloquecida. Y creo que tenía que ver con el esfuerzo que Mónica y yo hacíamos para convivir. Queríamos impugnar el individualismo del hijo único, por lo tanto respetábamos la estética del otro a rajatabla. Convivía el criterio clásico de ella, más urbano, con el mío, rematadamente anárquico. Perseguíamos una utopía: la compatibilización absoluta.

Natalia llegó a aquella casa en septiembre de 1993. Pesaba 2,900 kg. Era muy chiquita, pero desde el comienzo tuvo su forma concreta de hacerse presente. La primera vez que la alcé, por un costadito del pañal se escapó un largo chorro de meconio que me empastó la camisa. Siempre jugué con la idea de que su voluntad fue compartir conmigo su flamante mundo interior.

Los primeros meses fueron durísimos: Nati lloraba literalmente día y noche. Mónica tenía una cara de cansada inconcebible. Parecía un fantasma: iba de la cocina a la habitación con el bebé en los brazos. ¿Había algo en nosotros que le transmitía inquietud a la nena? A la madrugada, nos mirábamos desconcertados, con el temor de habernos metido en una situación que nos superaba.

A partir de las cuatro y media, cuando Mónica caía rendida, me hacía cargo yo de la nena. La alzaba, nos íbamos al living y mirábamos la ciudad. Nos quedábamos hasta el amanecer. Nati no se dormía, pero dejaba de quejarse. Estoy seguro de que la tranquilidad de aquellos momentos nos modificó para siempre. Ahora, que pasaron 18 años, puedo intuir en los silencios de mi hija algo elemental que relaciono con aquellos amaneceres. Pero esos instantes de calma eran breves. Después de un par de horas de un sueño sobresaltado, Nati volvía al ataque.

Una vez, fuimos al primer cumpleaños de la hija de una compañera de facultad. Natalia lloró de una manera desesperada. No paraba. Sentimos que estábamos echando a perder el festejo. Nos encerramos en una habitación y tratamos de calmarla sin resultado. La cosa iba de mal en peor. Decidimos irnos. Estábamos completamente paranoicos: la gente nos miraba condenándonos.

Imaginamos que la naturaleza le ayudaría a la nena a recuperar la calma. Por eso tomamos un taxi hacia los bosques de Palermo. Allí la cosa no mejoró. Volvimos a casa con una desesperación absoluta. Estábamos al límite. Tuvimos una tremenda discusión: necesitábamos responsables de aquella catástrofe. Llamamos a mis suegros. Le pedimos auxilio. Se quedaron con la nena. Nosotros fuimos a caminar un rato. A nuestro regreso, Nati dormía. Aquella fue una buena noche.

Las teorías de los médicos y de los amigos iban rotando pero eran siempre las mismas: cólicos, padres primerizos, hambre insatisfecha. Cuando la nena cumplió cinco meses, Mónica, en busca de soluciones, encontró un método que, supuestamente, armonizaba la energía.

¿Armonización de la energía?, le pregunté.

Si, por qué no. Me dijeron que hay una técnica que ayuda.

Probemos, dije.
Nos preparamos. Pusimos unas toallas en el piso. Mónica se llenó de aceite y empezó a masajear a la nena que estaba acostada sobre sus piernas. Las dos estaban desnudas. Un delirio. Y un enchastre. La verdad es que, quizás por falta de destreza, el método no fue efectivo. Natalia siguió llorando como siempre.
Se calmó a los seis meses. De un día para otro. Como por arte de magia. Tal vez nosotros bajamos nuestro grado de ansiedad. No sé. Son cosas que permanecerán siempre abiertas.
Lo cierto es que aquella fue una de las tantas vivencias que volvieron maravillosa nuestra estadía en Serrano. Aquellas vivencias nos enfrentaron naturalmente con nuestros miedos. Y a medida que las experimentábamos nos dieron energía y confianza para construir una historia propia.
La época del décimo piso fue una etapa de fundación, de echar raíces y por eso mismo está grabada en nuestras mentes. La sensación que queda es que la sustancia estaba asentada en la simpleza, en lo genuino y en algo que se me escapa y que nunca consigo nombrar. Y que, quizás por eso mismo, ese tiempo, digo, fluía distinto, como con otra calma. Lo cierto, también, es que la felicidad, lo sabemos todos, se aprecia mejor retrospectivamente.

Por Por Jorge Consiglio

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